Colaboradores

20 Oct 2012
Colaboradores | Por: Edwin Bran

¿El sector público mejor que el privado?

Constantemente escucho en los espacios de opinión, desmedidas críticas en contra del sector público, calificándolo lo menos de inepto, pero siempre como factor común en esas críticas está el hecho que no contemplan soluciones ni a corto ni a largo plazo; es por ello que conociendo el tema, he decidido utilizar tinta para comentar acerca de este sector.

Ciertamente la mayor crítica que recibe el aparato del Estado es la falta de eficiencia en la implementación de políticas y servicios, la población siempre señala que nuestro sector público se ha desarrollado bajo las reglas de un sistema político que toma el control del sector público como parte del botín de la contienda electoral, que lo ocupa como un instrumento partidario. Negar que históricamente haya pasado esto no puede estar más fuera de lugar.

Pero hay factores en el sector público que ciertamente dificultan su labor, situaciones que no le toca sortear al sector privado; por ejemplo, la cantidad de autorizaciones necesarias en las actividades administrativas, que están en el núcleo de gran parte de lo que realiza el sector público. En estas áreas, el desempeño público puede ser débil, pero también lo sería el desempeño del sector privado.

Lo cierto es que si la sociedad no está satisfecha con la eficiencia de los servicios del Estado, es momento de preguntarse ¿Será que algo hay que cambiar? En lo personal creo que los cambios deben hacerse en tres factores:

Administrativo, el primer paso para mejorar el aparato del Estado es una reforma administrativa que permita al sector público establecer  un nuevo paradigma, que va de una cultura de paternalismo a una de capacidades gerenciales; de un sólido enfoque en los procesos a un enfoque en los resultados; seguridad laboral y salarios acordes para la burocracia, a valoración del desempeño y obtención de beneficios específicos (como los famosos bonos) atados a la obtención de resultados. Programas de vigilancia apoyados por los medios de comunicación y organizaciones de la sociedad civil; y sobre todo, con una amplia capacidad de las instituciones para debatir con los actores políticos las implicaciones de reformas necesarias para su accionar gubernamental.

Humano, la administración pública debe entender que solo la mejor gente la hará llegar a ser número uno. Es cierto que actualmente existen funcionarios y profesionales dentro del aparato del Estado que se esfuerzan por cambiarle el rostro a la labor que ejerce este sector, pero también hay personas cuyo único propósito laboral es que llegue el día de pago; y en El Salvador es absolutamente necesario hacer la labor pública de la misma manera en que se hace casi cualquier cosa extraordinaria en el mundo: en equipo.

Debe haber un cambio de perspectiva de los empleados públicos, deben empezar a percibirse a sí mismos trabajando en beneficio de los ciudadanos y compitiendo por su aprobación. Existe más que pura retórica detrás de los enfoques encaminados al cliente. Las nuevas contrataciones deben hacerse utilizando criterios técnicos desde el principio, eso marcará el tono de futuras contrataciones, garantizándonos la competitividad interna y por tanto efectividad.

Todo esto indudablemente va a controlar el oportunismo, la matonería y el egoísmo “racional” que permea las instituciones públicas.

Político, ninguna reforma que se piense a sí misma como una transformación honesta, basada en palabras como “calidad” y “modernización” tendrá oportunidades de éxito en el corto plazo en “hábitats” administrativos altamente clientelares, basados en la lealtad pero poco profesionales. Los políticos que desean un mejor El Salvador deben repudiar estas prácticas, la censura de información o la facilidad para diluir responsabilidades entre otras. Deben apostar a crear una mínima agenda común en temas como salud, educación, seguridad, donde los únicos colores que deben preocupar a los actores políticos sean los de nuestra bandera.

No es necesario elegir entre lo “viejo y equivocado” y lo “nuevo y correcto” es entender que como sector público se puede mejorar. La apuesta es que el gobierno tenga muchas instancias en las cuales el sector público sea tanto o más eficiente que el sector privado. Esto no parece ser imposible ni indeseable en las circunstancias en que nos encontramos.

 

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