Colaboradores

27 Mar 2016
Colaboradores | Por: Juan Carlos Menjívar

El Salvador no está listo

Hace unos días, miraba un reconocido programa nacional de entrevistas, en donde en ese momento, se entrevistaba al Secretario de Comunicaciones de la Presidencia, quien hablaba sobre el tema de las pensiones. Esta era una entrevista para mi gusto predecible e intranscendente, hasta que el entrevistado dijo la siguiente afirmación: “hay que trascender la democracia representativa y llegar a la democracia participativa… significa establecer por reforma constitucional el plebiscito o referéndum para temas como este”.

La entrevista fue realizada en la mañana, y por la tarde, mientras revisaba Facebook, me encontré con la nota periodística que realizó un periódico de alta circulación sobre la misma: el título en mayúsculas y con una intención clara. Desconozco si únicamente el entrevistado lo dijo por sonar conocedor en ese momento o emocionar a la audiencia con palabras vacías, pero desde lo más profundo de mí ser, quiero creer que no es así. Quiero creer que este tipo de expresiones son las que pueden ser una semilla para un tan necesitado cambio en El Salvador.

Un referéndum o plebiscito significa un camino directo hacia la participación del pueblo en las toma de decisiones hechas por el gobierno, un llamado para que por medio de una votación abierta, el pueblo pueda dar su opinión o voto sobre una ley o una situación en concreto, con la posibilidad de rechazar o ratificar una ley únicamente con el poder popular. Este mecanismo causa que los legisladores deban tener más cuidado antes de emitir una ley, deban prestar más atención a la opinión de los ciudadanos.

Al ver la noticia en Facebook, me apresuré a ver la sección de comentarios esperando un unánime apoyo hacia el referéndum propuesto. Sin embargo, lo que me encontré es la razón por la cual escribo este artículo. Desde expresiones soberbias como: “estos ya quieren tener menos trabajo, los elegimos para que piensen por nosotros”; “ya quieren hacer El Salvador como Venezuela y Bolivia”; “imagina ese gasto de dinero innecesario”, hasta expresiones demasiado agresivas como para poder copiarlas en este medio. Aun en ese mar de oscuridad existían pequeños destellos de luz, que por si tenía dudas me daban más fuerza para dar mi opinión.

¿Por qué El Salvador teme de sí mismo? ¿Qué acaso no es la democracia justamente eso?; El Secretario de Comunicaciones del Gobierno habló de una evolución normal dentro de la misma democracia. Atrás deben quedar los días en los que los ciudadanos únicamente eran objeto de interés en tiempo electoral. ¿Quiénes somos nosotros para criticar al pueblo boliviano y venezolano por sus decisiones?, el pueblo habló y así se hizo: no está de más recordar que hace unos pocos días Bolivia dijo que no a la reelección de Evo Morales por medio de un referéndum. Ellos pudieron transcender de una democracia representativa donde no eran más que un objeto, hacia una democracia participativa en donde si las decisiones les afectan a ellos, son ellos los que deben aceptarla. Nos quejamos de que el gobierno no nos escucha, pero entonces por qué tanto desprecio hacia la forma más directa de la democracia.

Me hace recordar a un frase de Octavio Paz: “las masas humanas más poderosas son aquellas que en sus venas ha sido inyectado el miedo… miedo al cambio”, y adecuándolo a la situación: un miedo a la evolución.

El Salvador ha vivido por demasiado tiempo con una cultura del miedo donde lo que menos escuchamos es la palabra “mejorar”. Nos acostumbramos a las malas noticias e intentamos ser positivos ante las mismas, pero llegamos a tal punto que la evolución dejo de ser una opción real. Hablamos de ser un agente de cambio, quitarnos las vendas de los ojos y dejar la ignorancia y el engaño atrás, para que a fin de cuentas únicamente seamos un obstáculo más.

Talvez me equivoco y solo son personas aisladas que no representan a un El Salvador desesperado y moribundo, o talvez solo soy un idealista utópico que quiere seguir creyendo en el obsoleto poder del pueblo, talvez El Salvador no está listo para la democracia.

 

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