Colaboradores

7 Abr 2013
Colaboradores | Por: Diana Funes

El Romero secuestrado

Y lo vi en camisetas, de fondo rojo o negro, en banderas, en tazas, en murales, en pancartas, en marchas de sindicatos se ve mucho mejor. Lo escuché en una radio de por ahí, leí uno de sus libros. ¿Luchaba por los pobres? Así dicen. ¿Dio todo por ellos? Hasta su vida.

¿Qué salvadoreño no ha escuchado de Óscar Arnulfo Romero? Ese hombre de cana cabellera, idolatrado por tantos, que es capaz de provocar las más profundas palabras de descontento social, siendo el abanderado de tanto político que defiende a los pobres, que pregona la injusticia social como causa de esa pobreza. El Sacerdote de Izquierda dirán muchos, pero ¡vaya sorpresa! El “San Romero” jamás ostentó una ideología política, jamás estuvo al lado de un bando. ¿Quiénes lo callaron? La pregunta debe reformularse al conocer la verdadera historia.

Para que exista una guerra existen dos bandos lógicamente, bandos que en parecidas proporciones provocan daños entre sí –una aclaración ingenua pero que en este orden de ideas es necesaria-. Está a la vista que nuestro Beato no defendió a ningún bando sino defendió, como era su deber de líder religioso, a la víctima, no fue una obra de caridad o un acto con tintes divinos, era lo mínimo que sus vestiduras le exigían. No se trata de restar crédito, se trata de ver las cosas como son, para poquito a poco quitarle tanto tinte político a nuestro Romero. 

Pero, ¿quién era ese hombre conocido hasta el otro lado del charco, que hasta el mismo Presidente de la República lo ha calificado como guía espiritual de su gobierno?

“El nombre de Monseñor Romero significa opción preferencial por los pobres, significa la justicia por la que luchamos y sobre todo la verdad que nos permitirá alcanzar la paz que todos anhelamos”. Palabras que son repetidas por el Mandatario en cuanta ocasión puede.

Es la figura del “Romero de América –como le llaman muchos- un verdadero personaje inspirador ¿o la vieja costumbre de las sociedades de divinizar a esos líderes que como maná caído del cielo aparecen cuando la tormenta no cesa? Quizá sea la misma carencia de líderes salvadoreños o quizás una mezcla de ambas circunstancias.

Muchos abogan porque de inmediato se declare Santo a Monseñor Romero, pero lo que muchos ignoren es que la canonización no se da porque un Jefe de Estado lo pida o porque un país así lo quiera, sino que ante todo esto –e imponiéndose- existe un proceso que sigue la Iglesia. 

¿Qué será del futuro Santo? ¿De qué color lo vestiremos? Si utilizarlo queremos al futuro Santo como abanderado de nuestras causas, el porqué de su canonización parece opacarse.

El clientelismo político es capaz de empañar hasta la más noble causa, hasta el más pulcro personaje, hasta la misma valentía de entregar la vida defendiendo su palabra defensora ante el error de hermanos masacrándose entre sí.

“Que esto quede muy claro, porque la Iglesia no puede identificarse con ningún partido político ni con ninguna organización de carácter político, social, cooperativo. La Iglesia no tiene sistemas. La Iglesia no tiene métodos. La Iglesia sólo tiene inspiración cristiana, una obligación de caridad que la urge a acompañar a quienes sufren las injusticias y a ayudar también a las reivindicaciones justas del pueblo” (Homilía 16 de abril de 1978, IV p. 166).

Si Romero viviera, lo más seguro es que no nos daría clases de Política, ni de Economía mucho menos de Sociología: lo más seguro es que nos devolvería ese sentido humano que nos falta como nación, que cada día más le extrañan las nuevas generaciones. Fue una bendición tener a un Romero en estas tierras, pero no el de los retratos en pancartas mucho menos el pintado en banderas de protestas.  La decadencia como nación demanda de otro Romero, ¿Esperaremos a que nazca otro Romero?

 

*Colaboradora de MedioLleno

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