Colaboradores

19 Jul 2015
Colaboradores | Por: Víctor Ayala

El presidente de todos

Nos guste o no nos guste, como diría el que ya se fue, Salvador Sánchez Cerén es nuestro presidente, de todos, no solamente del 51 por ciento que votó por él.

El nombre oficial de nuestro país es República de El Salvador y según la Constitución Política de 1983, tenemos un sistema político pluralista que se expresa por medio de sus partidos políticos, únicos instrumentos para la representación del pueblo. Si profundizamos un poco en la definición de república, obtenemos que “es una forma de gobierno en la que el pueblo tiene la soberanía y facultad para el ejercicio del poder, y este poder es delegado a gobernantes que se eligen de una forma u otra”, en nuestro caso, a través de elecciones libres y democráticas cada tres y cinco años.

Pero nos encontramos con un nuevo término: democracia, palabra que repetimos, escuchamos y me atrevo a decir que muy pocos conocen su significado, pero que gracias al mejor invento del siglo XX estamos a un clic de entender de mejor manera lo que significa. “Es una forma de organización del Estado en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante ejercicios de participación directa o indirecta que confieren legitimidad a sus representantes.”

Luego de haber aclarado algunos términos tan importantes para el funcionamiento de nuestro sistema político, expondré mi punto. Nos encontramos a principios del segundo año del gobierno del Profesor Sánchez Cerén, segundo presidente consecutivo de izquierda en El Salvador, y cuya gestión es duramente criticada -con toda razón- a diario por los principales detractores, no necesariamente de su persona, pero si de su forma de liderar al país.

En más de una ocasión hemos escuchado a personas decir: “Él no es mi presidente”; “él no me representa”, y bastante de esos comentarios provienen por la forma en la que el profesor se expresa ante los medios. Se queda dormido en importantes reuniones con líderes del continente y una larga lista  de sucesos que a muchos nos incomodan y en ocasiones avergüenzan, pero que no le quitan validez a su estatus de gobernante, libremente electo. Lo sé, hay algunas dudas sobre la transparencia del proceso de su elección, pero seamos optimistas y digamos que ganó limpiamente.

Al decir que no aceptamos al Profesor como nuestro presidente, renunciamos a nuestro derecho de criticarle o reclamarle abiertamente por su mala gestión, por su frialdad al abordar temas tan importantes o por su incapacidad, ya que al no aceptar o reconocer algo, pierde sentido hacer una crítica, exigencia o denuncia. ¿Cómo exigimos algo a alguien que “no aceptamos ni nos representa”? Lamento decirles a todos, específicamente a los que no votamos por él, que nos guste o no es nuestro presidente y como tal nos representa y es responsable directo de algunas de las decisiones más importantes del rumbo que nuestro país llevará en este ya iniciado quinquenio.

Algunos se dicen defensores de la libertad, de nuestro sistema, pero deslegitiman y no aceptan a alguien electo a través de estos mecanismos. ¿Ven la contradicción? Al vivir en democracia y libertad hago un llamado a todos aquellos que se niegan a aceptarle, que afronten la realidad y que saquen ventaja de nuestro sistema, de nuestra libertad de poder expresar nuestro descontento, nuestra impotencia. Les animo a todos a utilizar estas herramientas para ser auditores constantes del trabajo de nuestros gobernantes; a no renunciar a su derecho de levantar la voz y, sobre todo, a defender nuestro sistema, a nuestra gente, a todos aquellos que son instrumentalizados para los comicios electorales, pero que después son dejados en el olvido.

No pierdan la oportunidad ni su derecho de expresarse, de exigir, ya que nos guste o no nos guste, como diría el que ya se fue, Salvador Sánchez Cerén es nuestro presidente, de todos, no solamente del 51 por ciento que votó por él.

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