Colaboradores

28 Nov 2015
Colaboradores | Por: Alexandra Monge

El poder que nos corresponde

Década tras década, a los salvadoreños nos han inculcado la idea de que somos capaces de adaptarnos a todo. Nos han etiquetado como la gente que nunca deja de encontrarle el lado alegre a la vida, incluso nos han promocionado en el mundo turístico como “el país de la eterna sonrisa”.

Todo esto es verdad, y sin duda es algo de lo cual no podemos dejar de sentirnos orgullosos. Sin embargo, ¿adónde realmente nos está llevando esta actitud? En vez de que estas ideas impulsen nuestro nacionalismo, hacen que surja el conformismo. Nos hemos vuelto una sociedad complaciente; nuestro propio gobierno comete grandes injusticias a la vista de todos; nos quejamos, pero no hacemos nada para cambiarlo.

“Técnicamente” elegimos a nuestros gobernantes, les damos el poder, y por ende si nosotros les otorgamos esta potestad también nosotros se la podemos quitar. En 1944, la histórica “Huelga general de brazos caídos” derrocó a Maximiliano Hernández Martínez, presidente de El Salvador en ese tiempo, a quien se le atribuyen las muertes de más de 25 mil indígenas, así como incontables fusilamientos. Todo se originó con el movimiento estudiantil salvadoreño, hecho sin precedentes, que impulsó una reacción en cadena que tuvo como resultado una huelga masiva en todos los sectores privados y públicos del país, poniendo fin al martinato. Hoy en día, la huelga es conocida como uno de los movimientos civiles más impactantes y de mayor magnitud en la sociedad moderna. El 2 de mayo de 1944 fue el día en que la población entera bajó sus brazos y se rehusó a seguir trabajando para un gobierno opresivo y autoritario.

El conformismo y la resignación se han apoderado de nuestra identidad salvadoreña. Nos hemos vuelto apáticos ante las cifras de 50 muertos en un solo día y ante el hecho de que nuestros mandatarios y funcionarios se enriquecen desmedidamente bajo nuestras narices. Del mismo modo, también nos conformamos ante la situación que a pesar de que una buena cantidad de salvadoreños pagan sus impuestos, nuestras carreteras, vías de alta circulación siguen descuidadas y prácticamente abandonadas, y aunque colonias enteras pasen meses sin agua, la factura nunca deja de llegar.

Los funcionarios públicos, desde diputados hasta magistrados que ejercen un comportamiento “probo”, tienen investigaciones o procesos abiertos los cuales nunca concluyen, pues parece que su investidura no puede ser desgarrada. Una investigación hecha por el medio digital elsalvador.com, publicó el 20 de octubre de 2015 que un diputado y expresidente de la Asamblea Legislativa triplicó su patrimonio durante los últimos nueve años al ser legislador por el FMLN, sin contar la adquisición de cinco terrenos en Antiguo Cuscatlán que ascienden a un costo de 440 mil 500 dólares. En respuesta a estas investigaciones, el funcionario afirmó que la compra de estos terrenos ha sido fruto de varios ahorros y remuneraciones.

Sin embargo, sus “ahorros” no concuerdan con sus declaraciones patrimoniales. En fin, como él existen un número significativo de funcionarios que han incrementado sus bienes personales, más allá de lo que admitiría su salario. Entre ellos están diputados de GANA y ARENA, por mencionar un par. Pues claro, esto no es algo nuevo, sale en todos los medios de comunicación, y es evidente que ellos saben que ya estamos informados de tales anomalías. Y lo que rompe la monotonía de estas coloridas historias es que en algunos casos su fuero peligra, las redes los acribillan y otros se van a juicio. Pero mientras esto sucede muchos siguen en nuestras pantallas y siguen inaugurando escuelas y puentes.

Pero la gran pregunta es, ¿por qué no han sido removidos de su posición después de haber sido expuestos? La respuesta es simple: porque nadie los está obligando. No tienen a nadie, ni el fantasma de una CICIES ni un comité de probidad activo y eficiente que les exija una explicación; no hay un pueblo involucrado que demande el paradero de sus impuestos y les pida rendir cuentas a los funcionarios democráticamente elegidos. La realidad es que sin un verdadero movimiento masivo a nivel de todos los sectores afectados que no les dé más alternativa que bajar de su pedestal, seguirán ahí, y ellos lo saben.

Los salvadoreños no nacimos para vivir de brazos cruzados. Nuestra historia está llena de una lucha constante en contra de la injusticia social y la corrupción, una lucha que ha defendido nuestros derechos y los de nuestros hermanos. Nuestros mandatarios olvidan que ellos trabajan para nosotros, pero para que no lo olviden, nosotros tampoco debemos hacerlo. Asimismo, olvidamos que así como el gobierno tiene la obligación de servir al interés nacional, nosotros tenemos la responsabilidad de velar por nuestra sociedad. Sobre nosotros recae más responsabilidad hacia nuestro país de la que pensamos.

Así como tenemos la potestad para expresar nuestro descontento e inconformidad por redes sociales, radio y televisión, por qué no podemos asumir este poder inherente como ciudadanos salvadoreños para demandar justicia y transparencia de parte de nuestras autoridades y altos funcionarios para llegar a cambiar nuestro propio entorno. Seamos modelos a seguir para las generaciones más jóvenes, inculquemos la tolerancia y el respeto. Demostremos que nuestra generación es la que marcará una nueva huella en la historia de nuestro país. Es tiempo de reformar nuestra cultura de indiferencia y convertirnos en un país que ejerce transparencia e igualdad.

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