Colaboradores

6 Dic 2013
Colaboradores | Por: Fabiola Bonilla

El dolor de los ricos

Era una mañana más en la que me levantaba a buscar un trabajo para darle de comer a mi hijo, le agradecí a Dios como todos los días lo hago. Tenía una entrevista, y la única ruta que yo consideraba “segura” era la 101-D.

Cuando abordé el transporte iba literalmente en la puerta por la cantidad de pasajeros que iban en la unidad. Logré encontrar un lugar para sentarme. En una parada se subió un sujeto lleno de tatuajes en los brazos, muy bien vestido. Observé detalladamente sus tatuajes y noté que solo eran frases… Se sentó tranquilamente.

En la siguiente parada, observé a un hombre parado al centro de la unidad, pensé que era una de esas personas que se suben a pedir un par de monedas, y nos leían la palabra de Dios, o algo similar… El hombre se paró de manera impotente y lo observé nuevamente, y en ese momento apuntaba con un arma de fuego hacia arriba y dijo muy fuerte: “Se me van sacando los celulares, iPods, y todito aparatito que valga, ¡ah! ¡Y es un dólar por cabeza va!”.

 Recuerdo el pánico que sentí correr en mi cuerpo al recordar que esa mañana mi madre me había dado exactamente 75 centavos. A este punto solo tenía 55 centavos (ya había dado los 20 de ida) A parte de eso, me robaron mi celular, así que tampoco andaba “aparatito” para darle… Rápidamente el hombre se acercó a mi, para pedirme el dólar, yo le di los 55 centavos que andaba y aún recuerdo que tuvo el poco valor moral de contar el dinero y decirme: “Esto no es un dólar”, puso su arma en mi cabeza y me pidió que le diera el resto.

Pasaron miles de cosas sobre mi cabeza, y mientras tanto le respondía que no tenía más para darle, insistió pidiéndome el celular. Tragué fuertemente a pensar que me iba a matar cuando le dijera que tampoco tenía, agarró mi cartera, la abrió y botó absolutamente todo lo que estaba dentro de esta, y observó que no andaba más efectivo. Insistió con que le diera mi celular, mientras yo no tenía más para dar.

El  tipo tuvo el coraje de meter su asquerosa mano debajo de mi blusa  y pasarlas morbosamente para “revisarme” si no lo había escondido, luego la sacó, y la metió entre mis piernas, en ese momento me entró un pavor que seguramente notó, ya que me temblaban las piernas, Una señora que iba adelante de mi le gritó: “Tome, aquí está el dólar de la niña, ¡déjela en paz!”.

El hombre sacó su sucia mano de vestido y tomo tranquilamente la moneda, y se bajó con la mayor tranquilidad posible, en mi menté solo pasaba la imagen de lo sucedido. La señora que dio el dólar por mí, se bajó junto conmigo para ayudar a sostenerme, literalmente mis piernas temblaban tanto que no podía caminar.

Me calmé, fui a mi entrevista, regresé a pie a buscar a mi mamá. Finalmente esa noche antes de dormir, observé a mi hijo dormido y pensé: Es increíble la manera en que uno ha sido fomentado con valores y sale a buscar trabajo, no es nada fácil andar de entrevista en entrevista y escuchar esas palabras: “le vamos a llamar” y pensar que nunca lo van a hacer, pero sin embargo seguimos buscando porque luchamos por lo mejor, y me da rabia y coraje pensar que ese ladrón se levantó esa mañana a lo que ellos llaman un “trabajo” eso tan sencillo y fácil que a él le parece, a quitarnos lo que nos cuesta, a quitarnos algo que no le pertenece y nunca en su vida merecerá.

Ese hombre al bajarse de ese bus, ya podía comer, ya podía ir a vender el montón de celulares que quitó y ¿con qué? Con el esfuerzo de muchos, con el sudor de otros, con el dolor de los ricos. Pobre es ese que tiene sus dos manos, sus dos pies para trabajar, pero no tiene un cerebro que le dé nada más que para robar, un cerebro que lo lleve a hacer cosas buenas en su vida, un cerebro que NO LE FUNCIONA. Y entonces fue en ese preciso momento que me volví a sentir feliz y afortunada.

 

 

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