Colaboradores

28 Feb 2016
Colaboradores | Por: Miguel Monterrosa

El capitalismo revolucionario hacia la educacion en El Salvador

La igualdad de oportunidades es una necesidad tanto de los que más tienen como de los que menos tienen. No podemos pretender que nuestros hijos se sientan responsables de sí mismos si algunos tienen acceso a una buena educación bilingüe y de excelencia académica, mientras otros apenas saben escribir y padecieron hambre.

En nombre de los pobres afanamos, nos enriquecemos, regalamos empresas a nuestros socios amigos. Nuestros líderes sindicales tienen campos y veranean en el caribe. Nuestros empresarios únicamente arriesgan la plata de Estado. Nuestros políticos no tienen otra habilidad que no sea criticar a sus opositores y cuestionar el pasado.

Mientras por fuera existen millones de evasores impunes, las agencias de recaudación impositiva cuentan con miles de inspectores con armas de alta tecnología que raramente funcionan.

Ejemplo de ello es que hoy las empresas privadas se venden porque los compradores son más amigos del gobierno que los vendedores, y no porque administrarán mejor las empresas para aumentar su capacidad de generación de riqueza a través del ofrecimiento a la sociedad de mejores productos o servicios a menores precios.

Todo está al revés. La justicia no es justa, la policía roba y las escuelas no educan. Por eso necesitamos brutalmente reconocernos y dejar de pensar que somos lo que nunca seremos ni hemos sido.

Decir que uno es capitalista porque piensa en los pobres resulta contradictorio para a mayoría de las personas. Sin embargo, el capitalismo revolucionario es la mejor forma de alcanzar la justicia social y la dignidad de los más humildes.

La igualdad de oportunidades es una necesidad tanto de los que más tienen como de los que menos tienen. No podemos pretender que nuestros hijos se sientan responsables de sí mismos si algunos tienen acceso a una buena educación bilingüe y de excelencia académica, mientras otros apenas saben escribir y padecieron hambre.

¿Acaso podemos pretender que aquel que padeció hambre y recibió una mediocre educación sienta que debe ser responsable de competir por su subsistencia con el otro que todo lo tuvo? ¿Acaso podemos pretender que aquel que lo tuvo todo sienta que compite con aquel que padeció hambre y recibió una mediocre educación? Si creemos en el capitalismo revolucionario, si creemos en una ética en que cada adulto debe sentirse responsable de si mismo y no estar  pretendiendo que otros vengan a solucionarle sus problemas y dirigir sus vidas; entonces debemos construir un sistema que garantice la igualdad de oportunidades, donde el más pobre sienta que habiendo recibido del Estado gratuitamente salud, alimentación y educación de primer nivel, puede y debe ser autosuficiente económicamente y competir con cualquier otro para ofrecer a la sociedad lo mejor de él.

El capitalismo revolucionario no distribuye las ganancias  propias del esfuerzo de uno para dárselas a otros por justicia sino por necesidad de garantizar la igualdad de oportunidades que es presupuesto para un verdadero desarrollo social. Mucho menos distribuye los recursos públicos como si fuesen propios, pidiendo las gracias a través de favores políticos. Los adultos pobres no necesitan caridad ni paternalismo. No son nenes que necesitan ser amamantados. Cuando somos nenes todos necesitamos que alguien nos proteja, nutra y eduque igual que todos los demás. Necesitan títulos perfectos y formación integral en sus propiedades y bienes, necesitan crédito, necesitan justicia accesible donde puedan hacer valer sus derechos y sus contratos.

Por lo que podemos ver es que tristemente este estado capitalista revolucionario es bastante utópico para que se impulse en este país debido al tipo de ideología y educación que existe, pero que bien seria que los grandes empresarios tuvieran la verdadera responsabilidad social y aportar para que el resto de la población tengan las misma posibilidades de superación, pero no se hace y difícilmente se hará. La clave iniciaría en desaprender lo que se aprendió mal e impulsar el verdadero valor social de desarrollo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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