Colaboradores

24 Nov 2012
Colaboradores | Por: Marta Mena

El Boulevard y la discordia de siempre

Hace unos meses, el Ministerio de Obras Públicas realizó por medio de su sitio web una encuesta ciudadana para asignarle el nuevo nombre al famoso Boulevard Diego de Holguín. Según la sumatoria de votos, parecía que el nombre ganador había sido Boulevard Bicentenario. Al final, se anunció que a pesar de los resultados, el nombre con el que se bautizará el Boulevard será “Monseñor Romero”.

Las reacciones en las redes sociales denotan más de lo mismo y me dan un claro motivo de por qué estamos como estamos. Algunos comentarios (no todos, claro) han generado discusiones e insultos que me huelen a los años 80. Algunas discusiones alcanzan tonos que parecieran sacados de la boca de un “verde olivo luchador” o un “rallado rojo, azul y blanco” y lo cierto es que de sus perfiles se puede observar que los contrincantes ostentan un aspecto muy similar los unos con los otros; al menos se puede decir que ambos son jóvenes y son salvadoreños. Y entonces ¿por qué difieren tanto?

No me interesa tanto la respuesta a esa pregunta, de hecho me interesa más la siguiente reflexión: ¿no se supone que ellos, al igual que yo, seamos parte de la generación de post guerra, ya depurada de esos conflictos? ¿No deberíamos ser una generación más humilde, ideológicamente hablando; el “anti-manifiesto”, como leí en una brillante columna?

Pero no, somos tan amarillistas como los medios que criticamos: eso nos gusta, las confrontaciones “al rojo vivo”; insultarnos y considerar ignorante al que no esté de acuerdo con nosotros. Nos dejamos inmiscuir en discusiones que es nuestra labor superar. Pero basta un mísero incentivo, como el nombre de un Boulevard, para que la gente se vuelque en insultos los unos contra los otros, sacándose en cara horrores de un pasado del que ninguno participó.

Sobre el nombre del Boulevard en particular, escogido arbitrariamente por don Funes, honestamente me desagrada tanto como que si le hubieran asignado el nombre de un líder de “derecha” de aquellos tiempos. No se trata de amnesia histórica o ignorancia respecto de la labor de los personajes de aquella época. Se trata de “unir, crecer, incluir” ¿no es ese el eslogan de este gobierno? ¿Qué todos quepamos en el mismo El Salvador, el país de todos? Entonces ¿es ese nombre el adecuado para lograr esos fines?

No me cabe duda que a los políticos les encanta – y conviene –  generar este tipo de polémicas: los pobres contra los ricos; los ignorantes contra los sabelotodo; los “arenazis” contra los “guerrilleros”. Quizá porque solo así ignoramos lo que realmente importa: el hambre, la pobreza, la falta de empleo; problemas que es responsabilidad de todos superar. Sin embargo, lamentablemente, cada vez más me parece que a mucha gente de esta generación ha elegido seguirse castigando de esta manera: distraer los ojos hacia el pasado y dejar que su visión de país, si acaso la tuvo, se convierta en sal.

Fuera de todo lo anterior, una cosa es clara sobre esta discusión. La gente votó por un nombre y esa decisión se ignoró. Y lo cierto es que la gente votó por un nombre que no recogía ningún rencor en particular; un nombre neutro y sobrio, justo como debemos ver el pasado desde ahora: objetivos, educados; reconociendo humildemente lo bueno y malo de ambos bandos, con el único propósito aprender la lección e impedir que el pasado nos siga arrastrando hacia él.

 

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