Colaboradores

20 Nov 2014
Colaboradores | Por: Orlando Pineda-Alarcia

Educando a la universidad salvadoreña

Los exámenes de admisión y calificación deben incluir razonamiento y no memoria, perspectiva y no teoría, ayudando a los estudiantes a desarrollar sus habilidades.

Me ha tocado escuchar muchísimas veces la frase “un título no te garantiza un trabajo“, y por más decepcionante que sea para muchas personas, la competitividad cada día crece optando por las mejores opciones profesionales y dejando a los considerados “poco calificados” atrás. No es necesario ir tan lejos. Si a un graduado universitario le es difícil conseguir un trabajo, ¿qué tan difícil podría ser para un joven que no pudo entrar a la universidad?

Todo lo anterior fue lo que pensé cuando leí sobre los más de 20 mil reprobados en el examen de admisión de la Universidad de El Salvador anunciado hace algunos días. ¿Es normal que el 96 por ciento de los aplicantes no pueda pasar un examen de admisión? La verdad es que no; es preocupante.

Las universidades están hechas para que una persona pueda trascender de manera profesional y de alguna manera u otra lograr maximizar sus capacidades para poder explotarlas en el mundo laboral. Sin embargo, esto no puede llevarse a cabo cuando la escala valorativa de aprendizaje está completamente desnivelada.

Cada universidad posee su propio enfoque en el mundo profesional, muchas son conocidas por su desenvolvimiento artístico, su desarrollo tecnológico o su visión económica. No obstante, no es necesario un examen tan difícil para probar su validez académica, su deber es moldear a los estudiantes, no suprimir sus deseos de superación.

Con lo anterior no estoy justificando a los aspirantes que con calificaciones extremadamente bajas no demostraron ni una pizca de interés u cooperación, pero quiérase o no ellos también forman parte de la generación salvadoreña de jóvenes en etapa universitaria y es obligación del Estado brindarles una educación adecuada y una visión profesional para que puedan cambiar sus paradigmas en actitud y aptitud educacional.

Quisiera ser muy franco con ustedes y decirles que faltando un año y medio para graduarme de la Licenciatura de Negocios Internacionales, considero que yo tampoco pudiera pasar el examen de admisión de la UES. Eso no me convierte en una persona ineficiente o poco preparada, sino más bien se enfoca en demostrar que el desarrollo intelectual puede encontrarse en múltiples campos y que la destreza en tu carrera universitaria se mide en el desarrollo de la misma, en forma aplicada y práctica. Es decir, no se debe evaluar a un elefante en su habilidad por trepar árboles, y eso es exactamente lo que está haciendo la educación pública salvadoreña.

La escala valorativa del aprendizaje está completamente en contrapeso: La aplicación laboral práctica que es la que realmente usamos a la hora de buscar un trabajo, que ahora está siendo menos preciada e inutilizada. No podemos aprender a jugar fútbol si solo leemos del tema; debemos salir al campo y pegarle a la pelota.

El problema se da cuando nos toca poner los pies en el mundo real y nos damos cuenta de que el trinomio cuadrado perfecto que tuvimos que resolver en el examen no tiene nada que ver con la solución de problemas con los clientes en la oficina. Por eso mismo, los exámenes de admisión y calificación deben incluir razonamiento y no memoria, perspectiva y no teoría, ayudando a los estudiantes a desarrollar sus habilidades y no destruyendo sus metas profesionales. Eso es lo que hace realmente exitosa a una universidad.

Así, cuando un recién graduado se abre al mundo laboral y no puede encontrar un trabajo, por medio del razonamiento, perspectiva y sobre todo esfuerzo puede hacer uno por sí mismo convirtiéndose en emprendedor, innovando sus propios talentos y superando sus propias expectativas.

Lo que más me decepciona es que muchos bachilleres no pueden pagar una universidad privada y debido a las negligencias incongruentes y retrógradas de los medidores de educación pública no podrán atender a la universidad por los próximos seis meses, todo por no haber podido memorizar una fórmula matemática.

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