Colaboradores

21 Jun 2013
Colaboradores | Por: Roberto Kriete

Discurso de Roberto Kriete en “Ayudando a quienes Ayudan”

Empresario salvadoreño, Presidente de la Junta Directiva de Avianca y Presidente de Fundación Gloria de Kriete.

Fecha: 19 de junio de 2013

Premiación: Ayudando a quienes Ayudan

Hay una única velada en el año que para nuestra familia resulta especialmente grata, y es cuando podemos reunir a un buen grupo de amigos para exaltar juntos los valores que hacen grande a nuestro país.
 
Esta noche, por octavo año consecutivo, la “Fundación Gloria de Kriete otorga el premio que estimula la solidaridad, el compromiso y la coherencia de personas y organizaciones que son un ejemplo para nuestra sociedad, pero que hasta el año 2006 no recibían la notoriedad y el reconocimiento que evidentemente se merecían.

Como me gusta decir, el premio “Ayudando a Quienes Ayudan” vino a convertirse en una forma de alentar la labor humanitaria de cientos de organizaciones en el país, pero sobre todo se ha constituido en un escenario que brinda reflectores y atención mediática a las personas y a los valores humanos que están detrás de estas organizaciones.
 
Esto último es algo muy importante para nosotros, porque la sociedad salvadoreña necesita un espejo menos empañado por las malas noticias para verse a sí misma como realmente es. Al menos una vez al año, necesitamos hacer un alto en el camino para recordar de qué estamos hechos los salvadoreños, reenfocándonos en aquellas cosas que nos hacen grandes, en lugar de poner nuestra atención, casi de manera exclusiva, en aquellos aspectos que nos diferencian y dividen.
 
Esta velada es el mejor espacio que como fundación hemos encontrado para darle al país las buenas noticias que necesita oír. Y por eso agradezco a todos ustedes que nos acompañen en este evento, pidiéndoles que me permitan invitarles a ser entusiastas divulgadores de las conductas ejemplares y los extraordinarios modelos de servicio que esta noche vamos a aplaudir y galardonar.
 
El bien que se hace calladamente en el salvador es inmenso. Créanme cuando les digo que son decenas de miles los ciudadanos que aportan tiempo, esfuerzo, conocimientos y recursos a labores que mejoran o cambian radicalmente las vidas de otros.

El problema es que vivimos en un mundo interconectado y muy dinámico, en el que las acciones malas o mediocres obtienen una atención pública desproporcionada, ofreciendo a las nuevas generaciones modelos problemáticos, poco edificantes o claramente dañinos.

En ese sentido, el silencio que a veces rodea a ciertas labores humanitarias debe romperse, porque significa poner en el escenario modelos alternativos de comportamiento y compromiso, demostrando con ello que los malos son siempre una minoría, por ruidosos que sean, y que la virtud, por lenta que parezca, está presente y activa en la gran mayoría de nosotros.
 
Parafraseando a aquel ilustre luchador de los derechos civiles en Estados Unidos, Martin Luther King, diré hoy que nuestro problema mayor no es la bulla que hace la perversión, sino el silencio con que rodeamos a la bondad.
 
Y es para contrarrestar ese silencio que el premio de la Fundación Gloria de Kriete convoca año a con año a decenas de ONG´s para que compitan, en igualdad de condiciones, por dos tipos de galardones: ciertamente, por el recurso monetario que les permitirá seguir haciendo el bien que hacen, pero también por el premio de nuestro respeto y admiración, para que el silencio y el anonimato no sigan invisibilizando esfuerzos tan nobles y enriquecedores.

 

Como tuve oportunidad de decirlo durante la tercera entrega del premio “Ayudando a Quienes Ayudan”, allá por el año 2008, nos satisface confirmar que muchas de las organizaciones que alguna vez recibieron nuestro galardón no sólo supieron hacer buen uso del dinero que como fundación les dimos, sino que a partir de entonces fueron tomadas en cuenta por otros donantes, nacionales o extranjeros, que ahora son fuente de recursos permanentes para el éxito de su labor.
 
Y es que las ONG´s que se llevan los primeros premios en esta velada, al mismo tiempo ganan un reconocimiento quizá más importante que el dinero, porque la rigurosidad del proceso de selección que hacemos en la fundación incluye analizar su forma de trabajo, su capacidad de cumplimiento, y la efectividad y transparencia con que manejan sus recursos.
 
Para decirlo en otras palabras, una entidad ganadora del premio es siempre una entidad confiable y honorable, merecedora de todos los respaldos que pueda recibir por parte de organismos cooperantes afincados en cualquier lugar del planeta.
 
De allí que nos sintamos muy orgullosos de todas las entidades que han ganado el premio en años anteriores, y que aquel estímulo que en su momento les dimos les haya hecho agenciarse la confianza de otros donantes.
 
También nos enorgullece comprobar que cada año tenemos a nuevas organizaciones participando por primera vez, lo que confirma algo que intuimos desde el principio: que el estímulo a las obras buenas, multiplica las obras buenas.
 
Quiero aprovechar estas palabras para agradecer a todos nuestros colaboradores del programa “Oportunidades”, así como a quienes dan vida a los esfuerzos del centro de capacitación Gloria de Kriete, que en conjunto siguen ofreciendo horizontes más amplios a cientos de muchachos, provenientes de las zonas menos favorecidas del país, para educarse integralmente y luego obtener un trabajo digno.
 
Empeños tan hermosos como estos, con resultados tan palpables y emocionantes, son los que solidifican nuestro compromiso en la fundación y hacen que esta noche sea la mejor del año para todos y cada uno de nosotros.
 
Pero me es imposible terminar estas palabras sin hacer referencia a la situación del país, en general, y a las responsabilidades que tenemos los empresarios en particular.

Como bien saben, me gusta decir las cosas por su nombre y no me ando por las ramas para calificar las raíces del árbol.

Amigos todos: estoy vivamente preocupado por la institucionalidad del país.
 
Me preocupa el ambiente de tensión política que estamos sufriendo en este año pre electoral… observo alarmantes síntomas de totalitarismo en algunas posturas partidarias… los índices de inversión, productividad y competitividad del país se encuentran en franco deterioro… y el diálogo nacional, que se vuelve la única vía práctica para discutir y consensar acuerdos mínimos para el desarrollo, parece haber quedado absurdamente postergado.
 
Y mientras todo esto ocurre, en el aire se respira un cierto desencanto generalizado, que ojalá no degenere en desánimo y en postración.
 
¿Qué hacer delante de una situación tan compleja? La respuesta a esta interrogante se encuentra en el interior de cada uno, pero permítanme invitarles a una reflexión.
 
El Mahatma Gandhi decía que había siete factores que destruían al ser humano: el placer sin compromiso, la riqueza sin trabajo, los negocios sin moral, la ciencia sin humanidad, la oración sin caridad, la sabiduría sin carácter y la política sin principios.

Dado que es imposible estar en desacuerdo con esta sentencia de Gandhi, los salvadoreños debemos mirar hacia nuestra conciencia y preguntarnos, no solamente qué está mal a nuestro alrededor, sino qué estamos haciendo para que ese mal no crezca y nos devore.
 
Tenemos el deber de pensar en el horizonte de largo plazo, más allá del próximo evento electoral. Estamos ya inmersos en un torbellino de descalificaciones, insultos, campañas negras y ansiedades que pueden nublar nuestra vista, haciéndonos confundir lo urgente con lo importante y lo esencial con lo coyuntural.
 
Lo peligroso, a fin de cuentas, no es tener políticos que ignoren nuestros derechos, sino que seamos nosotros los que ignoremos que a los políticos les pagamos para que nos respeten esos derechos.
 
Si me preguntan cuál es la peor tragedia de una nación, les diré que no es la existencia de políticos mediocres o la falta de ética en el manejo de la cosa pública. Ni siquiera es la pobreza, o la falta de equidad, o el desempleo. La peor tragedia de una nación es tener una ciudadanía apática. Porque si los ciudadanos no tomamos en nuestras espaldas la responsabilidad de exigir cuentas a los políticos y obligarles a fortalecer nuestras instituciones democráticas, entonces tendremos como resultado corrupción, pobreza, inequidad y desempleo.
 
John Kennedy aseguraba que si no podíamos poner fin a nuestras diferencias, al menos deberíamos contribuir a que el mundo fuera un lugar apto para que esas diferencias se armonizaran.
 
Uno de los sucesores de Kennedy, Richard Nixon, se ayudó del talento diplomático de Henry Kissinger para buscar acercamientos pragmáticos con china popular, una potencia emergente con la que existía una considerable distancia ideológica, pero con la que estados unidos debía empezar a tratar si deseaba contribuir a establecer sanos equilibrios en el escenario político internacional. La visión de Nixon, a la larga, terminó siendo la más acertada.
 
Diversas formas de entender el mundo habrá siempre. Los seres humanos somos distintos, y es gracias a esa diversidad que podemos ser complementarios. Lo que sí es ingenuo es pretender que no halla diferencias entre nosotros, e incluso que algunas de esas diferencias lleguen a ser profundas.
 
El verdadero drama de nuestro tiempo es que no hemos sabido administrar nuestras diferencias. El problema más acuciante es nuestra incapacidad para hallar consensos básicos, que aumenten el poder de convocatoria de nuestras coincidencias y minimicen los efectos de nuestras diferencias. Allí es donde radica, creo yo, el reto más importante de nuestra época.
 
Llevando esta reflexión al momento tan particular que estamos viviendo, me parece claro que debemos buscar candidatos y plataformas políticas que hagan viable una verdadera agenda de nación, que le apuesten a un plan de competitividad en serio, que pasen del discurso a los hechos en materia de transparencia y que demuestren en la práctica su compromiso por el respeto a la institucionalidad y al estado de derecho.
 
Pero estas virtudes democráticas también debemos evidenciarlas nosotros en lo que hacemos y decimos, en los compromisos que asumimos como empresarios y ciudadanos, en las oportunidades que creamos para que otros puedan salir de una penosa situación material o moral.

Responsabilidad, diálogo, tolerancia, ecuanimidad, visión compartida de nación: esas son las grandes tareas de los partidos políticos y de las instituciones; pero también de nosotros como ciudadanos responsables, que debemos estar en primera fila exigiendo que los funcionarios hagan bien su tarea mientras nosotros hacemos bien la nuestra.

Los salvadoreños que esta noche serán galardonados con el premio “Ayudando a Quienes Ayudan” están cumpliendo con el deber ineludible de hacer lo que otros quizá jamás pensaron que podía hacerse. Su ejemplo debe motivarnos a sentirnos igualmente responsables del tipo de sociedad que estamos heredando a nuestros hijos.
 
La tarea es nuestra, es de todos, precisamente porque El Salvador es nuestro y es de todos.
 
Les deseo que disfruten a plenitud esta noche de solidaridad y galardones.
 
Muchas gracias.

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