Colaboradores

16 Jul 2016
Colaboradores | Por: Alejandro Poma

Dejemos a la paz en paz

Antes de morir, Roberto Poma estaba en ese momento en el que se tienen más mañanas que ayeres, cuando la cabeza está llena de sueños por realizar y cuando el cuerpo y el espíritu se encuentran en la plenitud de su capacidad para concretizar esos sueños.  Él estaba alcanzando su potencial y avanzando hacia el logro de su misión cuando ocurrió su secuestro y asesinato, lo cual vuelve su muerte más trágica.

Imagino a los hechores repitiendo las palabras pronunciadas por los que tramaban la muerte de José y que se encuentran en el libro de Génesis, capítulo 37: “Y dijeron el uno al otro: Aquí viene el soñador… matémosle y echémosle en una cisterna, y diremos: Alguna mala bestia lo devoró; y veremos qué será de sus sueños.”

Ya han pasado más de tres décadas desde la muerte de mi padre y puedo asegurar que si bien es cierto que las balas acabaron con su cuerpo, no lo hicieron con sus sueños, ni con los principios e ideales que él heredó e inculcó en mi hermana Gabriela y en mí.  Mi padre luchaba por una sociedad más justa y solidaria.  Tenía la firme convicción que trabajando en armonía, sin odios ni resentimientos, con buenas intenciones y con creatividad visionaria era posible lograr sus propósitos.  Sus sueños y metas  nos inspiran y  señalan el camino por donde transitamos sus hijos, sus nietos, su viuda Lucía, sus hermanos, María Elena, Ricardo, Eduardo, Ernesto y sus sobrinos.

El ciclo natural de la vida es que sean los hijos los que despidan de la vida terrenal  a sus padres.  Siempre esa despedida es dura aunque inevitable y lógica. Pero cuando son los padres los que lloran la muerte de un hijo, no se han inventado palabras para describir ese dolor. Mis abuelos sufrieron como tantos otros padres salvadoreños que perdieron a sus hijos como resultado trágico del enfrentamiento fratricida que no debe nunca volver a ocurrir y a su vez reconozco a esos padres que siguen sufriendo a causa del continuo ciclo de violencia que aun plaga nuestra sociedad.

Este enero también se cumplieron 20 años desde la firma de los Acuerdos de Paz.  Más allá de las opiniones contraproducentes y confrontativas que se puedan expresar sobre ese acontecimiento en nuestra historia,  me atrevo a afirmar que todos los salvadoreños, sin excepción alguna, que perdimos a familiares y amigos como consecuencia de un exacerbado conflicto ideológico, si le encontramos un profundo sentido y significado a este aniversario.

La vida de los seres humanos vale igual para todos, en esto no hay relativismos.  Mi familia se solidariza con todos y cada uno de ellos, con los parientes y seres queridos de los aproximadamente 75,000 que perecieron; compartimos ese dolor por haberlo vivido en carne propia y también compartimos la esperanza de un futuro en paz para nuestros hijos.  Ellos verán las cicatrices de nuestras heridas, pero no las tendrán.  Contribuyamos a un El Salvador sano y sin heridas, enfocándonos decididamente en resolver los problemas del presente.  Rompamos el ciclo vicioso del resentimiento y la acritud; rechacemos a todos aquellos que lo fomentan y manipulan en detrimento de la sociedad.  Librémonos de las actitudes y prejuicios que nos mantienen anclados a los aspectos nocivos del pasado. Actuemos juntos para que este sea el mejor legado a las futuras generaciones y un homenaje a los que se fueron y que hoy gozan de la Gloria de Dios.

Quiero permitirme publicar una carta escrita por mi abuelo, Luis Poma, en marzo de 1977, dos meses después de la muerte de Roberto Poma, que creo expresa los sentimientos de la gran mayoría de salvadoreños que han aspirado superar los estragos del conflicto.  No nos olvidemos que son esas experiencias las que nos deberían unir, y así ayudar a reconocernos, identificarnos y reconciliarnos los unos con los otros:

“La pérdida del hijo querido, del esposo, del padre, del hermano, ha sido para nosotros la más dura de las pruebas. Con la ayuda de Dios y con el apoyo y cariño de ustedes trataremos de enfrentarnos a ella con entereza, de conservar la esperanza, de mantener y profundizar la fe, de creer que nuestra existencia y la historia siguen teniendo sentido, de permanecer abiertos al futuro.

Continuaremos por la ruta que nos hemos trazado, contribuyendo a desarrollar nuestra Patria.  Lucharemos por mejorar las condiciones de vida de los que nos rodean, por fomentar la paz, la comprensión y la justicia.

Esto es lo que Roberto hacía.  Esto es lo que el hubiera querido que hiciéramos. Esto es lo que haremos.”

Pedimos a Dios que nos de la capacidad de perdonar, crecer y hacer realidad la visión de Roberto Poma.  Asumir ese legado es lo que da sentido, propósito y alegría a nuestras vidas.  Aquí seguimos y aquí seguiremos comprometidos a participar en la solución y no en el problema, para que la muerte de mi padre, y de tantos salvadoreños que murieron y siguen muriendo como él, no sea en vano.

Soy testigo de como esta dura experiencia afectó para siempre a mis abuelos, restándoles indudablemente años a sus vidas.   Pero ni a ellos ni a mi madre los vi llenarse de odio, ni amargura, a pesar del inmenso dolor.  Ellos marcaron la pauta para mí y espero que este escrito produzca un efecto virtuoso en los que quieran vivir con un verdadero espíritu de paz y reconciliación.  Tengo fe que somos la vasta mayoría.  En este aniversario, junto con mi familia renovamos nuestra responsabilidad de mirar hacia el futuro inspirados en las palabras de Martin Luther King Jr., “No es suficiente decir que no vamos a emprender la guerra.  Es necesario amar la paz y sacrificarse por ella.”  Exhorto a todos mis compatriotas salvadoreños, y particularmente a nuestros líderes, que hagan lo mismo y prediquen con el ejemplo.

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