Colaboradores

13 May 2017
Colaboradores | Por: José Echeverría

Cuando el deber llama

Es hasta contradictorio ser joven y no ser revolucionario, reza la frase célebre. Sin embargo, sospecho que hoy en día muchos de nosotros, los jóvenes, no hemos comprendido bien qué significa aquello.

Revisando las notas en los periódicos acerca de las marchas llevadas a cabo por distintos grupos juveniles el pasado 1 de mayo, encontré lo que me temía: daños a la propiedad privada, muros manchados, jóvenes encapuchados y así sucesivamente. La libertad de expresión es un privilegio enorme, pero el riesgo de abusar de ella está en todo momento latente.

Según el diccionario, revolución significa un cambio profundo y rápido en cualquier cosa. ¿Cómo pretenden, pues, estos grupos violentos cambiar profunda y rápidamente el mal estado de las cosas llevándolas a uno peor?

Puedo entender la rabia y la impotencia generalizada de la juventud, porque soy joven, sobre la incertidumbre que presenta el porvenir; de ser testigos de un descalabro social que parece tantas veces insalvable; de no poder dar por hecho el acceso a estudios que nos preparen íntegramente para las necesidades cada vez mayores que parece imponer la época. Lo que no puedo entender es la necesidad de romper todo aquello que al paso se encuentre, bajo la torpe idea que con ello se debilita al “poderoso” o que con ello se envía un “fuerte y claro mensaje de rebeldía”.

Vuelvo sobre la frase con que inicié este artículo: Es hasta contradictorio ser joven y no ser revolucionario. Una revisión de conceptos es necesaria, sobre todo hoy que el presente es tan exigente. ¿Se puede concebir una revolución sin pisar algunas flores al paso? Desde mi perspectiva, sí. Destrucción y violencia no aseguran una victoria contra el enemigo, entiéndase como enemigo el estado deteriorado de las cosas en sociedad que antes mencioné. Pero, lo que sí conlleva la semilla de un mejor presente con tal de que este devenga mejor futuro, es el modo de hacer las cosas. Como no se puede pretender la construcción de un edificio de arriba hacia abajo, así tampoco la edificación de una mejor nación con todo lo que esto significa. Unas bases fuertes que contengan compromiso con lo que se hace, más que ganas, anhelo puro, de reconstruir el tejido roto del país, confianza en que la caída vertiginosa aún se puede frenar… han de ser sobre las que un distinto lugar para vivir se ha de erigir.

Es verdad que como sociedad atravesamos momentos oscuros. Es cierto que ahora, tal parece que ser joven incrementa las dificultades. Sin embargo, nunca está tan próximo el amanecer como cuando todo está más oscuro. La fe en que dicho amanecer está próximo no debe abandonarnos nunca, ni debe ganarnos el corazón la ansiedad y la desesperación, aunque estas últimas estén a la orden del día en nuestro tiempo. La paciencia y el trabajo bien hecho dan siempre a luz grandes satisfacciones. ¡Y qué fácil es acusarnos de utópicos si pensamos así! Mas no se trata de abandonarnos en proyectos irrealizables y fantasiosos, sino de trabajar duro porque aquello que pueda lindar con la utopía sea más bien una realidad tangible.

Escribió Goethe: Lo que no se haga hoy no se hará mañana; así que no perdamos ni un solo día en la vacilación (…) trabaja, ya que es indispensable. Por qué no asirnos, pues, a la frase del escritor alemán y trabajar, con determinación, aquí y ahora por un estar mejor.

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