Colaboradores

16 Oct 2014
Colaboradores | Por: Alberto del Cid

Cómo quisiera estar libre de pecado

Nuestra generación estará arrepentida por muchos años si dejamos hacer a nuestros funcionarios lo que ellos quieran. Tenemos que conseguir un mejor país.

La culpa desde el inicio es mía, y no porque he hecho cosas malas por el país (como lo hacen algunos funcionarios de manera adrede) sino porque nunca he hecho realmente nada positivo y relevante para poder dar un cambio a todas las atrocidades que vemos que suceden en nuestro país.

La culpa es mía, por no escuchar los consejos de las grandes mentes de la historia de nuestro planeta como un Mahatma Gandhi que fue abogado, pensador y político hinduista indio. Pacifista devoto, que enseñó cómo llegar a los corazones de todo un pueblo de una manera fuerte, estable pero no hostil. Pero en lugar de eso tengo a 84 diputados o “Padres de la Patria” exigiendo de mil maneras aumento de salarios, más vacaciones, más dinero para sus viajes.

Ahora les quiero preguntar algo: ¿La culpa es de ellos o de nosotros? Yo lo veo fácil, no sé ustedes, pero quiero contarles una comparación un tanto grotesca pero verídica. La mayoría de las personas que tienen un perro en el país, lo compraron para una finalidad de protección, es decir, “que nos cuide” (entre muchas otras más, que es bonito, que es de buena raza, que me lo recomendaron, que cuando lo conocí me encantó, entre otras). Pero a los perritos hay que educarlos y no permitir que se coman los muebles, que muerdan la mano que les da de comer; hay que sacarlos a pasear y un sinfín de cosas.

Entonces, cambiemos el concepto “del perrito” y sustituyámoslo por el de un funcionario público, como un “Padre de la Patria”. El concepto al final sigue siendo exactamente el mismo. Lo elegimos porque nos gustó, porque nos lo habían recomendado, porque se miraba mejor que los demás, pero la finalidad de su elección es para que nos cuide, para que exija respeto y defienda nuestros derechos como salvadoreños. Pero lo que estamos viendo es que están aprobándose más dinero para sus próximos términos, están cambiando sus carros o camionetas constantemente, realizan viajes que realmente no colaboran con el progreso y desarrollo del país, y por si fuera poco -y esto es lo que más me duele- mienten a las personas más humildes  para lograr sus votos. Por eso es que sigo diciéndome: ¡la culpa es mía! Pero realmente no es solo mía, ¡es nuestra culpa!

Arrepentirnos no significa que lloremos, significa que cambiaremos. Y eso es precisamente lo que tenemos que hacer.  Tenemos que exigir a cada uno de nuestros representantes que se nos escuche formalmente, pero estamos tan decepcionados de nuestro sistema que hacemos caso omiso de nuestras obligaciones como salvadoreños. Aquí, como en cualquier lado del mundo, votamos, y es nuestro deber el hacer que nuestros funcionarios elegidos por nosotros mismos trabajen para nosotros, trabajen para nuestra comunidad, trabajen para El Salvador, no para sus intereses propios.

Nuestra generación estará arrepentida por muchos años si dejamos hacer a nuestros funcionarios lo que ellos quieran. Tenemos que conseguir un mejor país.

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