Colaboradores

17 Feb 2013
Colaboradores | Por: Ricardo Velásquez

Apología para cometer justicia

Hablando de políticos de El Salvador y la LAIP, me acordé: Cuando al compañero de la muy religiosa escuela, se le ocurrió poner el dedo de quiénes habíamos ido a la fiesta en la que se habían cometido actos tan censurables como bailar la reina del swing. A los asistentes nos suspendieron tres días por rebeldes. Pero al alumno Calavera, tesorero designado de la dirección, lo suspendimos de por vida del compañerismo. El baboso suplicó que lo dejáramos jugar futbol y cuando un profesor nos amenazó con otras sanciones, si seguíamos marginando a Calavera, tuvimos la brillante idea de dejarlo entrar y no pasarle la pelota. Otra vez vino el profesor y nos pitó para pasarle la pelota. Entonces, la idea colectiva fue pasársela demasiado adelantada, fuera de lugar o al pelotazo.

 

Cuando te expulsábamos de la camaradería, por chupa medias del profesorado, abusivo, traidor o por robar los fondos comunes, destinados a paseos y extracurriculares, ¡te fregabas de verdad! De nada valían las influencias, si tenías pisto, si eras hermano del director o pariente de Superman. A un traidor, lo torturábamos con el desprecio del silencio. Ya no eras parte del equipo y ese castigo, pesaba más que los contemplados en el reglamento escolar. Nos reservamos el derecho de admisión a fines de semana, fiestas, proyectos y todo lo que hacíamos en sociedad. Calavera era un adulador de profesores, vivía del sistema, era intocable en ciertos  términos. Un día,  Vergara se le atravesó en el camino para plantarle cara y, de inmediato, la caravana de la muerte de Calavera, compuesta por los profesores, le pasó encima a Vergara.

 

De la escuela aprendí, que aunque existían leyes oficiales, las más importantes eran dictadas por la costumbre, de la convivencia entre compañeros.

 

¿Y qué tiene que ver eso con la política? Que Calavera fue convertido en diputado, en alcalde, en presidente o incluso en empresario. Pero en uno corrupto. La realidad me indica, que aún estamos lejos de que la institucionalidad persiga con eficiencia a la corrupción.

 

Esta metáfora la expongo con el propósito de comunicar una propuesta a los que dicen ¡Ya basta El Salvador!, vemos el vaso medio lleno, decimos “creo” y buscamos el Faro que ilumine la oscuridad en que nos tienen sumidos los que han hecho de la política, el medio de beneficiar su vida. Quiero recordarles que como sociedad civil organizada, mejor conectada que nunca, tenemos mucho más poder que el de votar por el menos peor de una camada de populistas, cínicos, abusivos, que gozan de popularidad sin precedentes, porque nosotros permitimos que mantengan en ignorancia al pueblo. Porque la comodidad nos ha hecho olvidar la enorme responsabilidad que tenemos.

 

La corrupción evita que en el hospital se cure el compatriota agonizante; apaga la luz en el callejón donde violan a nuestras hermanas, hijas y madres; quita los recursos destinados a transparencia, institucionalidad y servicio público. De modo que sin más preámbulos, me aventuro a convocar una tormenta de ideas, de la generación de innovadores, emprendedores  y ciudadanos, para que nos inventemos sanciones sociales, que le duelan a Calavera. Ya hicimos conciencia, marchas, zapatazos, sapos de oro.

 

Es difícil probar la corrupción, pero es fácil exigir cuentas y ver quién las niega. Hoy hago apología para cometer justicia salvadoreña de la vieja escuela. ¿Quiénes me ayudan?

*Colaborador de MedioLleno 

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